Carísimo lector:
El día de hoy, sábado 13 de junio de 2009, me he levantado a las 11:00 hrs. y he desayunado… ¡bah! ¿Qué sentido tiene, me pregunto, dirigirse a un diario, un lector o un auditorio que, presumiblemente en el momento de la creación del texto, que correspondería a la enunciación, no existe? ¿Cuál es el objeto de informarle acerca de hechos irrelevantes como la supuesta fecha de emisión del mensaje, la hora en que se levantó el emisor o lo que desayunó, incluidos en esto índices como si en efecto desayunó o no, o si es costumbre suya desayunar e incluso en qué momento del día lo hace? ¿Por qué se cree, y esto es lo que más consternación me causa, que es necesario llevar un registro de la vida personal por medio de una crónica falaz, subjetiva e improbable? La respuesta no se me alcanza ahora como no se me alcanzó cuando, por vez primera, escuché de la existencia de los llamados «diarios». El primer contacto que tuve con estas deformaciones de un diario real (recuérdese que un diario, sensu stricto, es una relación histórica de lo que ha ido sucediendo por días) fue un dibujo animado llamado Doug, cuyo argumento era la vida de un joven con mucha imaginación que bregaba por vivir en sociedad y relataba sus peripecias en su «diario». El porqué de llevar esta relación no estaba claro, los motivos del muchacho para escribir su vida no parecían trascender el mero hecho de tener un pretexto para armar la serie, por otro lado, sin el antedicho «diario», la serie hubiera seguido exactamente igual, dado que lo entretenido no eran en sí las peripecias, que pecaban de cotidianas, sino las posibilidades de resolución que, merced de la desbordada imaginación del protagonista, se ofrecían y cuya utilidad, finalmente, era escasa o nula, dado que el desenlace era, igual que las peripecias, una consecuencia cotidiana. Otrosí, el pretexto del «diario» estuvo vigente por apenas unas decenas de capítulos y terminó por olvidarse, pasó de ser el macrotexto en que se contenían las divertidas aventuras del joven, a una introducción ritual sin nada nuevo para ofrecer y, cuando Disney compró la serie, se descartó por entero la existencia de la relación. Pero aún cuando Nickelodeon la poseía, el «diario» no fue especialmente importante, acaso uno o dos capítulos tuvieron que ver con él. El que más recuerdo por lo gracioso que me resultó escuchar la palabra «axilas» en la televisión fue cuando Doug olvidó su «diario» en la fuente de sodas y Rufo, el antagonista, lo encontró. En una de las escenas, imaginadas por el descuidado protagonista, Rufo está rodeado por la clase y lee con desenfado los acontecimientos registrados: «Querido diario: me preocupé mucho porque pensé que me estaba saliendo vello verde en las axilas; pero resultó ser pasto porque había podado la grama la tarde anterior». Parece ser que, en otro capítulo, las hojas, que hasta entonces se antojaban inagotables, del libro, estaban por terminarse y la terquedad del muchacho aunada a su aparente necesidad de escribir lo orillaban a buscar la manera de retener el «diario», hasta que sus padres le obsequian uno de mayor calidad y termina por aceptarlo dichosamente.
Hasta aquí, la única respuesta factible, pienso, es que el diario responde a la necesidad humana de narrar, de contar, de expresarse. Si se olvida el tecnicismo y se asume que Doug es real, su propósito esencial sería comunicar su vida a alguien, ¿es esto una manera de trascender cuando el ser está consciente de la poca trascendencia que tiene su vida? O es tal vez un motivo más terreno, ¿la carencia de amistades, de pareja, de alguien con quién compartir el tedio de lo que sucede día con día? Esta última opción es poco factible, si se sigue el ejemplo del dibujo animado, porque contaba con dos o tres buenos amigos: Mosquito Valentino, Patricia Mayonaisse, el señor Gil y, por supuesto, el perro Chuletas, cuya función terapéutica era harto mayor que la del «diario», ¿o cuántos perros que habitan un iglú artificial saben roquear, hacer de terceros y pedalear una bicicleta? El caso es que la necesidad humana de relacionarse no pudo motivar la escritura del «diario», lo que lleva a pensar que quizá es la teatralidad de la narración y la huella que el escrito deja en el mundo lo que mueven a su hechura. Luego, ¿se trata acaso de una mezcla literaria en que los géneros pierden su distancia y podemos encontrar, entonces, al lado de la epopeya de la vida la lírica de una pasión implacable, dramatizada por la experiencia de haber existido en esa narración que trata de retener la vida, aunque ya no sea ni por acaso un reflejo de la misma? ¿Es que conjunta también el ensayo con la crónica y la relación histórica? De ser así, ¿no se desvirtúa el término histórico al asociarlo con el acontecimiento común y, con ello, se desvirtúa la ciencia social que estudia lo trascendental que sucede conforme transcurre el tiempo?
Un «diario» no ha dejado de ser una relación, clasificación que orgullosamente comparte con su homónimo sin comillas; sin embargo, ¿qué ocurre con la denominación de «histórica»? Si el término se entendiese como lo que califica a un suceso pasado, hasta cierto punto sería lícito decir que un «diario» es, en efecto, un diario (con toda la intención tonal que las itálicas nos ofrecen); pero, entonces, ¿qué es un «suceso»? ¿Es que acaso debemos referirnos al sentido más primitivo de las palabras para terminar aceptando que una relación personal e intranscendental es equiparable a una relación de aspiración común donde sólo se registra lo trascendente, en suma: tenemos que tergiversar la semántica para decir que el blanco es negro y viceversa? A este caso, parece que puede ayudar mi segundo contacto con los «diarios»: la escuela primaria.
Durante el tercer grado de primaria, y a partir de ese año hasta sexto, en Español existió siempre un bimestre a partir del cual estábamos obligados a llevar un «diario» hasta el término del ciclo escolar. Por definición, según las maestras de la Escuela primaria Plan de Guadalupe, donde tuvieron la dicha de contarme como alumno y yo tuve la desgracia de desperdiciar seis años de mi vida infantil en lugar de aprovecharlos en alguna institución de calidad, el «diario» es personal y privado y su único propósito es anotar, al final del día, lo que nos pasó durante el transcurso del mismo. Así, palabras más, palabras menos, nos definieron un «diario» y, por lo que sé, hasta la fecha buen número de escuelas primarias conservan esa definición, sin preocuparse por el sentido verdadero de un diario, sin comillas. Quizá esta falta de interés por lo que supone una relación histórica por día se deba, también, a motivos menos complejos de los que, en este texto, se piensa. El hecho de que durante cuatro años (recuérdese que tercer grado no es punto de referencia, sino de partida y cuenta) obliguen a un hato de infantes a registrar por la noche lo que aconteció en el día, puede obedecer más a la necesidad de obligar al ejercicio de la escritura, dado que durante la jornada escolar no hay tiempo suficiente para ello. Otro motivo es que, subrepticiamente, se pretenda estimular la competencia lecto-escritora en los niños y, dado que México no es un país de población letrada, la manera más sencilla de ejercitar al infante en habilidades esenciales como son las lingüísticas y las que se refieren al lenguaje escrito, sea obligarle a llevar una relación de su vida cotidiana, conscientes los maestros de que es el único tema que no puede considerarse inasequible para nadie. La falsa promesa de privacidad y personalidad, por otra parte, permite que el infante llegue a ser sincero consigo mismo y con honestidad refleje en el «diario» su vida fuera del aula, esta información, de ser fiable, permite al docente detectar las problemáticas que, como orientador y pedagogo, debe combatir y solucionar. Así, por ejemplo, la herramienta del «diario» puede delatar abusos que cometan los padres con el infante, violencia intrafamiliar, maltrato físico o psicológico e incluso situaciones de menor gravedad, aunque de notoria importancia, como pueden ser manías, vicios en el aprendizaje, temas de interés para el infante, etcétera. Bajo esta luz, el «diario» permite al docente mejorar en su desempeño y apoyar a los discentes, tanto en lo que atañe al aula como a sus vidas personales, toda vez que el alumno escriba con sinceridad lo que le acontece en el día. Sin embargo, fuera del contexto escolar, el «diario» carece de razón de ser, en la vida el ser humano no vive de acuerdo con normas reguladas e infalibles, las leyes y las convenciones sociales mudan y se rompen constantemente, cuando alguien comete un crimen no se puede ir a llorar con el maestro o el director para que reprenda al criminal, la justicia no funciona como en el ideal educativo, ¿para qué llevar un diario si nadie lo evaluará, nadie verá en él nuestras problemáticas y se preguntará de qué manera nos puede ayudar, es más, nadie lo leerá dado que vivimos con esa idea de que es personal y privado? Por este motivo, resulta ingenuo creer que, en la escuela, el propósito del «diario» sea crear el hábito de la escritura, especialmente en un país que tiene décadas de haber dado la espalda a las actividades humanísticas, y se ha centrado sólo en lo que, en apariencia, se relaciona con progreso, con el obvio descuido del factor humano. Esta realidad lamentable, no obstante, aún no resuelve el dilema del porqué de un «diario».
En otro momento, durante la preparatoria, en Inglés V, el tema del «diario» apenas se tocó como una herramienta para escritores. El asunto en realidad nada tiene que ver con la relación histórica, sino, de nuevo, con el ejercicio de la escritura, la exploración de técnicas narrativas, descripciones y otros tantos artificios del lenguaje que ayudan a mejorar la calidad artística de la producción literaria. En este sentido, este espacio es una especie de «diario» dado que buena parte de los textos que lo conformaron desde su creación en 2007 y que el presente año reaparecen después de una dura crisis personal, son experimentos, en su mayoría, salvedad de alguna entrada que, por haberse publicado en otra parte, aquí hace aparición por el mero gusto de compartirla a un público mayor.
Lamentablemente sobre el «diario» y su relación con el diario, sólo hemos descubierto que se parecen pero no son la misma cosa. La utilidad del primero es propia para el docente y el literato, mientras que el segundo constituye una invaluable técnica documental para preservar la memoria histórica. El porqué la gente escribe «diarios» se me sigue escapando y quizá nunca se me alcance una respuesta real; pero quedo harto más satisfecho de saber que, cuando menos, no ha sido gratuito del todo, y ya ejemplos dello aquí se han ofrecido. Más largamente se puede tratar al respecto en otra parte, por hoy, querido lector, quedo satisfecho. Vale.