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Surrealismo aleatorio

junio 28, 2009

La verídica historia del poeta y la doncella América y cómo les aconteció una entreverada tarde de domingo

Liminar

Suplico, nobles lectores
deste muy ameno espacio,
tengan en bien la opinión
que se les ofrece abajo,
pues no busca concesión
de consejo ni de halago,
ni es, a lo que se pensare,
de hombres necios ni hombres tardos
una historia que involucre
mancebas y enamorados;
es el encuentro casual
de una fembra con su macho
a que en tarde de domingo
acudieron y se amaron,
y al finalizar la hazaña
cada cual por separado
hacia su vida vivir
partió sin haber mirado
lo que tras de sí dejaba,
ella alegre y él cuitado;
la una por su natural
despejo y ser animado,
el otro porque entendió
la condición y el estado
de su persona en el mundo
y de su alma en lo que es creado.
Es una fábula fiel
de una Venus, que alquilando
su tiempo y cuerpo realiza
un erótico Parnaso
que diera a toda deidad
el carácter de mundano,
y de un varón que es poeta,
preceptor, hombre y goliardo,
cuya soledad impía
largos días torturando
su corazón y su quid
llevaba sin remediarlo
poder él ni hallar la forma
en que fuera esto logrado.
Si el final aquí no apunto
es porque aún no ha llegado,
y porque acaso tuviera
ocasión de imaginarlo;
mas diré con humildad,
nobles lectores, senado,
sepan dispensar las faltas
que se fueran encontrando,
pues sabrán de sobra que
soy tan varón como humano
y cuanto hubiera perfecto,
por sólo sufrir mi trato,
es natural que termine
de una forma mancillado,
y aunque son ciertos los tintes
de confesión y relato
desta verídica historia,
con decirla redención
alguna vengo buscando.
Quien de otro lar me conozca
por mi estilo o por acaso
haberme visto una vez
o haber conmigo tratado
ya entenderá las mis penas
y en esto desentrañando
una u otra situación
irá de la historia al paso
sin mayor dificultad
que quedar mal enterado
si las formas le vencieran
y no el mensaje guardado.


La noche llega al cenit perfecto en que se llama media y da comienzo al umbral del nuevo día, y yo no me acuesto por querer, antes de entregarme a un sueño que temo por desconocido y seguramente terrible, sacar de mi alma lo que aquesta tarde ha acontecido en una calle vieja del centro. Hoy necesite caricias y pecado, y llamé a una meretriz que se anuncia bajo un nombre sonoro y piadoso como ella: América.

junio 19, 2009

Ritmo machadesco

Veré mis brazos yertos unirse con los muertos
en el sutil abrazo que la tierra otorga;
empero los agravios y algunos tantos tuertos
los cometerá el mundo de Dios en mala contra
y tú lo evitarás.

Veré apurar los cálices del fuego más precioso,
sabré cuándo arrancarle mis ojos a las lágrimas;
empero saber cuándo del mundo pernicioso
partir he con los ángeles y sus doradas alas
sólo tú lo dirás.

Sabré mirar abismos y horrendas tempestades,
calcularé los llantos, la sangre derramada,
contaré, frío, la helada carga de enemistades
del hado; mas cuándo al fin podré mirar la patria amada
tú lo decidirás.

Ritmo machadesco

Veré mis brazos yertos unirse con los muertos
en el sutil abrazo que la tierra otorga;
empero los agravios y algunos tantos tuertos
los cometerá el mundo de Dios en mala contra
y tú lo evitarás.

Veré apurar los cálices del fuego más precioso,
sabré cuándo arrancarle mis ojos a las lágrimas;
empero saber cuándo del mundo pernicioso
partir he con los ángeles y sus doradas alas
sólo tú lo dirás.

Sabré mirar abismos y horrendas tempestades,
calcularé los llantos, la sangre derramada,
contaré, frío, la helada carga de enemistades
del hado; mas cuándo al fin podré mirar la patria amada
tú lo decidirás.

junio 14, 2009

A Carmen

Beldad dichosa que poesía te llamas,
en claustro de paredes de diamante
no más tu pecho y corazón amante
busque en cenizas ardorosas flamas

que puestas al servicio de las damas,
cual eres por virtuosa e importante,
rebasen con el dios Amor avante
la condición de sierva de quien amas.

Oh, dulce musa, fuera del encierro,
del que tu edad y condición exige,
aguarda el triste pecho enamorado

que el mal de tu despecho y tu destierro
suave agonía en vida le dirige
por ser tu vida su único cuidado.

junio 13, 2009

Sobre los «diarios»

Carísimo lector:

El día de hoy, sábado 13 de junio de 2009, me he levantado a las 11:00 hrs. y he desayunado… ¡bah! ¿Qué sentido tiene, me pregunto, dirigirse a un diario, un lector o un auditorio que, presumiblemente en el momento de la creación del texto, que correspondería a la enunciación, no existe? ¿Cuál es el objeto de informarle acerca de hechos irrelevantes como la supuesta fecha de emisión del mensaje, la hora en que se levantó el emisor o lo que desayunó, incluidos en esto índices como si en efecto desayunó o no, o si es costumbre suya desayunar e incluso en qué momento del día lo hace? ¿Por qué se cree, y esto es lo que más consternación me causa, que es necesario llevar un registro de la vida personal por medio de una crónica falaz, subjetiva e improbable? La respuesta no se me alcanza ahora como no se me alcanzó cuando, por vez primera, escuché de la existencia de los llamados «diarios». El primer contacto que tuve con estas deformaciones de un diario real (recuérdese que un diario, sensu stricto, es una relación histórica de lo que ha ido sucediendo por días) fue un dibujo animado llamado Doug, cuyo argumento era la vida de un joven con mucha imaginación que bregaba por vivir en sociedad y relataba sus peripecias en su «diario». El porqué de llevar esta relación no estaba claro, los motivos del muchacho para escribir su vida no parecían trascender el mero hecho de tener un pretexto para armar la serie, por otro lado, sin el antedicho «diario», la serie hubiera seguido exactamente igual, dado que lo entretenido no eran en sí las peripecias, que pecaban de cotidianas, sino las posibilidades de resolución que, merced de la desbordada imaginación del protagonista, se ofrecían y cuya utilidad, finalmente, era escasa o nula, dado que el desenlace era, igual que las peripecias, una consecuencia cotidiana. Otrosí, el pretexto del «diario» estuvo vigente por apenas unas decenas de capítulos y terminó por olvidarse, pasó de ser el macrotexto en que se contenían las divertidas aventuras del joven, a una introducción ritual sin nada nuevo para ofrecer y, cuando Disney compró la serie, se descartó por entero la existencia de la relación. Pero aún cuando Nickelodeon la poseía, el «diario» no fue especialmente importante, acaso uno o dos capítulos tuvieron que ver con él. El que más recuerdo por lo gracioso que me resultó escuchar la palabra «axilas» en la televisión fue cuando Doug olvidó su «diario» en la fuente de sodas y Rufo, el antagonista, lo encontró. En una de las escenas, imaginadas por el descuidado protagonista, Rufo está rodeado por la clase y lee con desenfado los acontecimientos registrados: «Querido diario: me preocupé mucho porque pensé que me estaba saliendo vello verde en las axilas; pero resultó ser pasto porque había podado la grama la tarde anterior». Parece ser que, en otro capítulo, las hojas, que hasta entonces se antojaban inagotables, del libro, estaban por terminarse y la terquedad del muchacho aunada a su aparente necesidad de escribir lo orillaban a buscar la manera de retener el «diario», hasta que sus padres le obsequian uno de mayor calidad y termina por aceptarlo dichosamente.

Hasta aquí, la única respuesta factible, pienso, es que el diario responde a la necesidad humana de narrar, de contar, de expresarse. Si se olvida el tecnicismo y se asume que Doug es real, su propósito esencial sería comunicar su vida a alguien, ¿es esto una manera de trascender cuando el ser está consciente de la poca trascendencia que tiene su vida? O es tal vez un motivo más terreno, ¿la carencia de amistades, de pareja, de alguien con quién compartir el tedio de lo que sucede día con día? Esta última opción es poco factible, si se sigue el ejemplo del dibujo animado, porque contaba con dos o tres buenos amigos: Mosquito Valentino, Patricia Mayonaisse, el señor Gil y, por supuesto, el perro Chuletas, cuya función terapéutica era harto mayor que la del «diario», ¿o cuántos perros que habitan un iglú artificial saben roquear, hacer de terceros y pedalear una bicicleta? El caso es que la necesidad humana de relacionarse no pudo motivar la escritura del «diario», lo que lleva a pensar que quizá es la teatralidad de la narración y la huella que el escrito deja en el mundo lo que mueven a su hechura. Luego, ¿se trata acaso de una mezcla literaria en que los géneros pierden su distancia y podemos encontrar, entonces, al lado de la epopeya de la vida la lírica de una pasión implacable, dramatizada por la experiencia de haber existido en esa narración que trata de retener la vida, aunque ya no sea ni por acaso un reflejo de la misma? ¿Es que conjunta también el ensayo con la crónica y la relación histórica? De ser así, ¿no se desvirtúa el término histórico al asociarlo con el acontecimiento común y, con ello, se desvirtúa la ciencia social que estudia lo trascendental que sucede conforme transcurre el tiempo?

Un «diario» no ha dejado de ser una relación, clasificación que orgullosamente comparte con su homónimo sin comillas; sin embargo, ¿qué ocurre con la denominación de «histórica»? Si el término se entendiese como lo que califica a un suceso pasado, hasta cierto punto sería lícito decir que un «diario» es, en efecto, un diario (con toda la intención tonal que las itálicas nos ofrecen); pero, entonces, ¿qué es un «suceso»? ¿Es que acaso debemos referirnos al sentido más primitivo de las palabras para terminar aceptando que una relación personal e intranscendental es equiparable a una relación de aspiración común donde sólo se registra lo trascendente, en suma: tenemos que tergiversar la semántica para decir que el blanco es negro y viceversa? A este caso, parece que puede ayudar mi segundo contacto con los «diarios»: la escuela primaria.

Durante el tercer grado de primaria, y a partir de ese año hasta sexto, en Español existió siempre un bimestre a partir del cual estábamos obligados a llevar un «diario» hasta el término del ciclo escolar. Por definición, según las maestras de la Escuela primaria Plan de Guadalupe, donde tuvieron la dicha de contarme como alumno y yo tuve la desgracia de desperdiciar seis años de mi vida infantil en lugar de aprovecharlos en alguna institución de calidad, el «diario» es personal y privado y su único propósito es anotar, al final del día, lo que nos pasó durante el transcurso del mismo. Así, palabras más, palabras menos, nos definieron un «diario» y, por lo que sé, hasta la fecha buen número de escuelas primarias conservan esa definición, sin preocuparse por el sentido verdadero de un diario, sin comillas. Quizá esta falta de interés por lo que supone una relación histórica por día se deba, también, a motivos menos complejos de los que, en este texto, se piensa. El hecho de que durante cuatro años (recuérdese que tercer grado no es punto de referencia, sino de partida y cuenta) obliguen a un hato de infantes a registrar por la noche lo que aconteció en el día, puede obedecer más a la necesidad de obligar al ejercicio de la escritura, dado que durante la jornada escolar no hay tiempo suficiente para ello. Otro motivo es que, subrepticiamente, se pretenda estimular la competencia lecto-escritora en los niños y, dado que México no es un país de población letrada, la manera más sencilla de ejercitar al infante en habilidades esenciales como son las lingüísticas y las que se refieren al lenguaje escrito, sea obligarle a llevar una relación de su vida cotidiana, conscientes los maestros de que es el único tema que no puede considerarse inasequible para nadie. La falsa promesa de privacidad y personalidad, por otra parte, permite que el infante llegue a ser sincero consigo mismo y con honestidad refleje en el «diario» su vida fuera del aula, esta información, de ser fiable, permite al docente detectar las problemáticas que, como orientador y pedagogo, debe combatir y solucionar. Así, por ejemplo, la herramienta del «diario» puede delatar abusos que cometan los padres con el infante, violencia intrafamiliar, maltrato físico o psicológico e incluso situaciones de menor gravedad, aunque de notoria importancia, como pueden ser manías, vicios en el aprendizaje, temas de interés para el infante, etcétera. Bajo esta luz, el «diario» permite al docente mejorar en su desempeño y apoyar a los discentes, tanto en lo que atañe al aula como a sus vidas personales, toda vez que el alumno escriba con sinceridad lo que le acontece en el día. Sin embargo, fuera del contexto escolar, el «diario» carece de razón de ser, en la vida el ser humano no vive de acuerdo con normas reguladas e infalibles, las leyes y las convenciones sociales mudan y se rompen constantemente, cuando alguien comete un crimen no se puede ir a llorar con el maestro o el director para que reprenda al criminal, la justicia no funciona como en el ideal educativo, ¿para qué llevar un diario si nadie lo evaluará, nadie verá en él nuestras problemáticas y se preguntará de qué manera nos puede ayudar, es más, nadie lo leerá dado que vivimos con esa idea de que es personal y privado? Por este motivo, resulta ingenuo creer que, en la escuela, el propósito del «diario» sea crear el hábito de la escritura, especialmente en un país que tiene décadas de haber dado la espalda a las actividades humanísticas, y se ha centrado sólo en lo que, en apariencia, se relaciona con progreso, con el obvio descuido del factor humano. Esta realidad lamentable, no obstante, aún no resuelve el dilema del porqué de un «diario».

En otro momento, durante la preparatoria, en Inglés V, el tema del «diario» apenas se tocó como una herramienta para escritores. El asunto en realidad nada tiene que ver con la relación histórica, sino, de nuevo, con el ejercicio de la escritura, la exploración de técnicas narrativas, descripciones y otros tantos artificios del lenguaje que ayudan a mejorar la calidad artística de la producción literaria. En este sentido, este espacio es una especie de «diario» dado que buena parte de los textos que lo conformaron desde su creación en 2007 y que el presente año reaparecen después de una dura crisis personal, son experimentos, en su mayoría, salvedad de alguna entrada que, por haberse publicado en otra parte, aquí hace aparición por el mero gusto de compartirla a un público mayor.

Lamentablemente sobre el «diario» y su relación con el diario, sólo hemos descubierto que se parecen pero no son la misma cosa. La utilidad del primero es propia para el docente y el literato, mientras que el segundo constituye una invaluable técnica documental para preservar la memoria histórica. El porqué la gente escribe «diarios» se me sigue escapando y quizá nunca se me alcance una respuesta real; pero quedo harto más satisfecho de saber que, cuando menos, no ha sido gratuito del todo, y ya ejemplos dello aquí se han ofrecido. Más largamente se puede tratar al respecto en otra parte, por hoy, querido lector, quedo satisfecho. Vale.

junio 12, 2009

Otro romance…


Déjate ya de bobadas,
que para buscar mujeres
a ti no te fueron dadas
las gracias, las cualidades,
las destrezas y las mañas,
las mentiras, las consejas,
las fábulas y patrañas.
Vuélvete ya, norabuena,
a tu estudio y a tu casa
y deja las seducciones
y los lances de zagalas
a los hombres que nacieron
para una empresa tamaña.
No estés triste, caballero,
porque caballeros faltan
en este mundo podrido
por tantas acciones malas,
vete feliz porque sabes,
aunque es merced de tus fallas,
que te portaste valiente,
galante, hombre de batalla,
cuando has hecho lo imposible
por socorrer a tu dama
aunque te haya rechazado
y hecho te desaires haya,
pues bravamente empuñaste
por su pundonor las armas
y cuando inerme te viste
duros puñetazos dabas;
mas tú eres hombre de letras,
para hembra no tienes trazas,
vuélvete ya, norabuena,
a tus libros y a tu cama,
que se ha quedado vacía
porque no has ido a ocuparla,
mira que ya has intentado
con compañera poblarla
y vilmente has fracasado,
¿en afanarte qué ganas?
Que es necio a quien su negocio
mucho requiere y da nada,
y en viendo que se empobrece
dice que obtendrá ganancia.
Tú ya te has quedado pobre
en materia de muchachas,
¿cómo piensas invertir
si nada queda en tus arcas?
La soledad es tu amiga,
haz con ella la morada
y no dejes que esta noche
nuble tu razón gallarda.
Ve, apresúrate a dormir
sin llorar alguna lágrima,
al fin que cuando despiertes
las luces de la alborada
se llevarán tu tristeza
y feliz otra vez tu alma
con la nueva luz del día
se sentirá restaurada
de los males que el amor
urdido contra della haya.
No concibas, buen amigo,
que no tienes esperanza;
mas esperar es prudente
en otra materia gracia,
vuélvete para las letras
y la teología santa
o, como ya demostraste
que eres bueno con las armas,
presto alístate en los tercios
y los pasos de la Armada
sigue sin chistar, hermano,
que esto es obra entronizada
por los que saben vivir
y los que han vivido nada.

De una hembra

Aquella noche, el poeta había decidido que quería carne. Salió de su barracón cercano al auditorio, que por aquel entonces le cedía una pareja de ancianos bondadosos y católicos, y se fue al centro a buscar su presa. Quería carne fresca, joven, carne que aún despidiese el aroma de las calles del barrio antiguo, de los puestos de la alameda, del incienso del mercado Juárez; pero, como de ordinario acontece, el hado cruel lo obligó a terminar bebiendo una cerveza en Villagrán, ahí donde la calle hace la cruz con Carlos Salazar y campan el vicio y el pecado a sus anchas. Ahí la vio, radiante, delicada, como una quinceañera ataviada de perfume, humo y aire. Sus ojos paladearon el joven cuerpo deleitoso, las piernas torneadas, los pies delicados…

—Tráeme a ésa.

No tardó en llegar, tímida, como novata.

—Hola –musitó sin verlo a los ojos.

Por contestación la besó en la mejilla y sonrió.

—Siéntate.

Ella jaló una silla y él reprendió:

—Acá –la mano palmeaba con firmeza el muslo.

La joven se sentó como avergonzada en el regazo del poeta. Bebieron un rato.

—¿Privadito? –interrogó el poeta, ella se hundió de hombros por respuesta.

—¿Qué va a ser, jefe? –inquirió el mesero cuando los vio levantarse.

—Privado.

—¿Especial?

—¿Cuánto?

—Seiscientos, una hora.

El poeta la miró; pero los ojos de la hembra apuntaban con terquedad hacia el piso.

—Especial, pues –dijo el poeta.

Una vez desnudos en la bodega que hacía las veces de habitación, ella, arrodillada delante de él, comenzó a mamar con golosa afición el noble falo que tenía delante, de súbito interrumpió:

—Tengo novio, ¿sabías?

El poeta, cerrados los párpados, pujó desinteresado. Ella mamó vehemente.

—¿Qué sientes mamársela a alguien que no es tu novio? –inquirió el poeta, deleitado.

—A él no se la mamo…

junio 10, 2009

Fragmento

Los rumores dicen que nunca lloras; pero también dicen que siempre estás sola y ninguna de las dos cosas es cierta, al menos yo lo sé porque me consta lo contrario. Cuando nos conocimos estaba haciéndome las trenzas, concentrada en el reflejo casi perfecto que ofrecía el jagüey aquella calurosa mañana; tú llegaste con tu traje sastre, el negro que tanto me gusta, venías con el fotógrafo que a veces llegaba al pueblo a hacerle retratos a los misioneros que iban dos veces al año, en abril y en diciembre.

Había escuchado el motor del mueble desde que venían por el camino viejo, el que lleva hasta donde están los sabinos, cerca de la hondonada donde pasa la parte menos caudalosa del río. Primero pensé que se trataría de los muchachos que visitaban el pueblo para emborracharse y llevarse a las muchachas al río cuando se acercaba la madrugada; pero conforme se fueron acercando reconocí el mueble del fotógrafo, por eso seguí haciéndome las trenzas. Cuando escuché el portazo, me asusté, el fotógrafo es un hombre muy feo, flaquísimo y muy alto, tiene mirada de alelado y los dientes de fuera, y decían las tías que se había llevado a varias niñas al río, y a una se la llevó hasta Linares, ya no la regresó, dice Toño que ahora trabaja en Monterrey y que le va muy bien, quién sabe, Toño ha estado sonso desde que nació.

Te acercaste y comencé a temblar, tus pisadas eran diferentes a las del fotógrafo; pero adivinaba en ellas tu ansia, tu necesidad. Me dirigiste un «disculpa» muy propio, en tu voz adiviné un dejo de temor, aún así era yo quien estaba temblando. Dejé de hacerme las trenzas, sin soltar el cabello y sin darme la vuelta, levanté la frente, recelosa; volviste a dedicarme un «disculpa» más enérgico pero aún distinguí al final un miedo inexplicable, como si esperaras una agresión de mi parte. Apenas giré la cabeza, te miré de reojo, como quien se avergüenza de mirar a otras personas luego de haber actuado como demente mientras estaba en soledad. Tu imagen me deslumbró, parecías una visión de la Virgen; tu cabello rubio reflejaba el sol y caía como una cascada de rayos sobre tu traje negro, querías sonreír pero el calor te obligó a dibujar una mueca como de resignación en el rostro, el sol te hacía entrecerrar los párpados, como si estuvieses experimentando un rapto místico.

junio 09, 2009

De mucho escribir o la necesidad de regresar a la poesía

Me he vaciado de palabras,
me he viciado de las letras,
me he vencido de pavadas
y he quedado tan exhausto
de escribir cosas tan varias
que un momento de reposo
piden mis ya fatigadas
musas, que son las neuronas,
extraña suerte de damas,
que si bien no son hermosas
mejor que las bellas pagan
porque nunca me abandonan
y si están necesitadas
de algún verso rimbombante
por inspiración lo inflaman
en el seso y pensamiento,
y así completan la hazaña
de pedir dedicación
dedicando qué les hagan;
mas si agora es un desierto
el campo que aquéllas labran
es por lo que aconteció
luego que venturas malas
por procurarme solaz
a la mi vida llegaran:
Fortuna giró la rueda
cuando a mi favor levada
hallose y, pues, descendió
que, importando las nonadas,
en el vivir cotidiano
se tornaron en desgracias
cuantas fruslerías eran
de la más nula importancia;
no vino la muerte a mí,
que morir fuera ganancia,
ni encontré manera alguna
en que fueran perdonadas
desde mi entender cansado
las más descartables faltas;
no encontré descanso alguno
ni vine a ver aliviadas,
tras el tormento primero
de verme en pésima racha,
las muchas tristes pasiones
en que trocaron mis ansias
de holgar con mejor fortuna
días de un mejor mañana,
y así triste y pesaroso,
ida la dicha de mi alma,
sin tener más que los lemas
de la lengua castellana
al vicio de los poetas,
que no es la cerveza amarga
ni el peyote ni las putas
sino las letras nefastas,
me di en componer los versos
de las desventuras tantas
que acontecido me habían
en una sola semana,
y aunque hubiese exagerado,
que si acaso exagerara
en cuanto cuento o relato
por hipérbole pasara
lo que fuese relatado
con igualdad temeraria
al hecho que refiriese
y fueran exageradas
las formas en que, escondidas,
las hipérboles pasaran,
pero digo que no lo hice;
me diera, en escribir planas
de las muchas peripecias,
el siglo que se esperaba
para dentro de mil años,
que es calenda confirmada
sólo por la potestad
de la Providencia santa
y tanto fue mi escribir,
tantas hojas ocupadas,
tantas péndolas gasté,
tanta tinta derramada,
que al final aconteció
lo que menos se esperara:
después de tanto revés,
no vino a pasarme nada,
ni mejoró la fortuna,
ni fue la muerte llegada,
y tal fue mi frustración
que las neuronas cansadas
exigieron de reposo
la cantidad necesaria
en horas o noches, días
o cual fuese más exacta
unidad de medición
para exigencia tamaña,
no quise negarles esto
y, pues, ved la espera larga
a que me hallo sometido
por tal malaventuranza.