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Surrealismo aleatorio

enero 11, 2009

Disertación dominical

Cuando se piensa en herejías, es común pensar también en represión, intolerancia, conservadurismo y, generalmente, atropellos a la bazofia que el ser humano conoce como derechos, a los que además pospone el adjetivo que da nombre a la raza, esto es, humanos. Esta asociación no es necesariamente equivocada; sin embargo, los tiempos que corren y, consecuentemente, las ideologías que los acompañan, no alcanzan a exonerarse del error en que se incurre cuando la asociación ya mencionada se realiza por motivos falaces. Se trataría, en todo caso, de una muy inteligente relación si se dejase en claro que una herejía supone el atropello a los derechos humanos desde el momento de existir, dado que atenta contra la voluntad divina y la vida de quienes viven bajo el orden establecido de la creación por el Creador. Pero al pensar en herejía, se piensa en la represión que quienes viven bajo dicho orden ejercen sobre los herejes, y se asume que el atropello lo cometen quienes, en realidad, son los atropellados.

La Inquisición, en este sentido, supuso un hito en el combate de la herejía y de los atropellos contra la humanidad. Sin embargo, los herejes inconformistas, en especial los de influencia luterana, se han dado a la tarea de desvirtuar la labor que supuso el Santo Oficio por medio de argumentaciones exageradas y relatos fantasiosos, cargados de subjetividad y poca o nula investigación. Las pesquisas, los juicios contra herejes y las penitencias, que al inicio parecen sacados de la más diabólica imaginación, en realidad fueron los tratos más humanitarios que pudieron proporcionarse a quienes habían errado el camino que Cristo había trazado desde su encarnación de María santísima. Así, pues, la intención del Santo Oficio no fue reprimir a quienes gozaron y han gozado siempre de su libertad de albedrío, sino asegurarse de que el funcionamiento interno de la Iglesia se mantuviese en óptimas condiciones. Por decirlo en términos sencillos: la Inquisición no se dedicó a perseguir a los paganos, número en que puede contarse a los judíos, sino a los cristianos que, tras haber aceptado la doctrina de la Iglesia, voluntariamente la rechazaron en pos de una comodidad falaz y perniciosa. Entre los procesados, por ejemplo, se puede contar a luteranos, calvinistas, arrianistas, cátaros, anglicanos, cainistas, adoradores del demonio, judaizantes y alguna otra suerte de conversos que no manifestaran en sus usos y costumbres la buena moral cristiana a la que, supuestamente, se adscribían con sinceridad, en este caso específico se habla, por ejemplo, de los mahometanos de la península ibérica. Con esto se pretende clarificar que la Inquisición no persiguió a quienes tenían entera libertad de elegir entre la salvación y el infierno, sino a reformar a aquellos que habían elegido la primera y torcían el camino hacia la segunda. En este sentido, la reforma luterana no fue, como muchos presumen, la tan esperada renovación del orden eclesiástico medieval, sino la reafirmación de la necesidad de una opresión sobre el mundo, lo que la Iglesia romana vio siempre con malos ojos.

Entre las tesis de Lutero, por ejemplo, está la explícita negación del albedrío del hombre, esto es, la negación de la libertad que Dios otorgó al protagonista de su creación y que, hoy por hoy, se invoca con desenfadada desvergüenza como estandarte de la condición humana, especialmente cuando hay que atacar a la Iglesia católica. Error grave es ofender, con los propios beneficios que ofreció la institución, a la misma institución.

Las torturas y las condenas a muerte, por otra parte, tampoco figuran en las prácticas de la Inquisición regular, o eclesiástica, sino que conformaban una tradicional operación de la justicia secular. No existe en la historia del cristianismo, nación que en su legislación no dependiese de la tortura y la muerte como medios punitivos y ejemplares para la aplicación de las normas y el mantenimiento del statu quo de la sociedad. Más aún, en el mundo esta punición es un rasgo universal, que poco o nada tiene que ver con la persecución religiosa, como malamente se ha llamado al intento de expurgar a la comunidad creyente de los elementos perniciosos para sí misma.

Los atropellos, por otro lado, sí cundieron en el mundo herético. Están documentados alzamientos luteranos que en el área germana se llevaron a cabo contra aldeas católicas de las que prácticamente no quedó nada. Estos alzamientos, huelga decir, fueron en su mayoría incitados por los judaizantes. También existen documentos de los sortilegios que judíos y conversos realizaban para aniquilar a los cristianos, en general. Los más terribles consistían en la tortura, humillación, violación y asesinato de un niño cristiano, que era crucificado antes de morir y cuya muerte pretendía ser una afrenta a Cristo y a sus seguidores, con la práctica se buscaba invocar la locura sobre los perseguidores de herejes y sobre las autoridades eclesiásticos de la cristiandad. Estas prácticas, en parte semillas de los aquelarres y las misas negras del siglo XVIII, junto con otras más ignominiosas y condenables, obligaron a la Inquisición a aliarse con la justicia secular, dado que la penitencia por se judaizante, cuando muy grave, podría involucrar pagar algún diezmo a la Iglesia; pero el asesinato de cristianos ya no sólo se podía juzgar bajo mandato divino, sino que era menester la intervención de la ley terrenal. Sólo los tribunales seculares condenaban a muerte.

Los atropellos, en suma, eran cometidos por herejes, que no por creyentes y, si bien el siglo presente asume que la tolerancia debe ser virtud para que exista toda suerte de libertinaje, también debe serlo para que exista una regulación. La Inquisición no surgió por intolerancia en el sentido moderno, sino por necesidad de unión y, no está de más reafirmarlo, de defensa de la fe.