Los rumores dicen que nunca lloras; pero también dicen que siempre estás sola y ninguna de las dos cosas es cierta, al menos yo lo sé porque me consta lo contrario. Cuando nos conocimos estaba haciéndome las trenzas, concentrada en el reflejo casi perfecto que ofrecía el jagüey aquella calurosa mañana; tú llegaste con tu traje sastre, el negro que tanto me gusta, venías con el fotógrafo que a veces llegaba al pueblo a hacerle retratos a los misioneros que iban dos veces al año, en abril y en diciembre.
Había escuchado el motor del mueble desde que venían por el camino viejo, el que lleva hasta donde están los sabinos, cerca de la hondonada donde pasa la parte menos caudalosa del río. Primero pensé que se trataría de los muchachos que visitaban el pueblo para emborracharse y llevarse a las muchachas al río cuando se acercaba la madrugada; pero conforme se fueron acercando reconocí el mueble del fotógrafo, por eso seguí haciéndome las trenzas. Cuando escuché el portazo, me asusté, el fotógrafo es un hombre muy feo, flaquísimo y muy alto, tiene mirada de alelado y los dientes de fuera, y decían las tías que se había llevado a varias niñas al río, y a una se la llevó hasta Linares, ya no la regresó, dice Toño que ahora trabaja en Monterrey y que le va muy bien, quién sabe, Toño ha estado sonso desde que nació.
Te acercaste y comencé a temblar, tus pisadas eran diferentes a las del fotógrafo; pero adivinaba en ellas tu ansia, tu necesidad. Me dirigiste un «disculpa» muy propio, en tu voz adiviné un dejo de temor, aún así era yo quien estaba temblando. Dejé de hacerme las trenzas, sin soltar el cabello y sin darme la vuelta, levanté la frente, recelosa; volviste a dedicarme un «disculpa» más enérgico pero aún distinguí al final un miedo inexplicable, como si esperaras una agresión de mi parte. Apenas giré la cabeza, te miré de reojo, como quien se avergüenza de mirar a otras personas luego de haber actuado como demente mientras estaba en soledad. Tu imagen me deslumbró, parecías una visión de la Virgen; tu cabello rubio reflejaba el sol y caía como una cascada de rayos sobre tu traje negro, querías sonreír pero el calor te obligó a dibujar una mueca como de resignación en el rostro, el sol te hacía entrecerrar los párpados, como si estuvieses experimentando un rapto místico.









0 tuvieron la decencia de rayarle la madre:
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