Aquella noche, el poeta había decidido que quería carne. Salió de su barracón cercano al auditorio, que por aquel entonces le cedía una pareja de ancianos bondadosos y católicos, y se fue al centro a buscar su presa. Quería carne fresca, joven, carne que aún despidiese el aroma de las calles del barrio antiguo, de los puestos de la alameda, del incienso del mercado Juárez; pero, como de ordinario acontece, el hado cruel lo obligó a terminar bebiendo una cerveza en Villagrán, ahí donde la calle hace la cruz con Carlos Salazar y campan el vicio y el pecado a sus anchas. Ahí la vio, radiante, delicada, como una quinceañera ataviada de perfume, humo y aire. Sus ojos paladearon el joven cuerpo deleitoso, las piernas torneadas, los pies delicados…
—Tráeme a ésa.
No tardó en llegar, tímida, como novata.
—Hola –musitó sin verlo a los ojos.
Por contestación la besó en la mejilla y sonrió.
—Siéntate.
Ella jaló una silla y él reprendió:
—Acá –la mano palmeaba con firmeza el muslo.
La joven se sentó como avergonzada en el regazo del poeta. Bebieron un rato.
—¿Privadito? –interrogó el poeta, ella se hundió de hombros por respuesta.
—¿Qué va a ser, jefe? –inquirió el mesero cuando los vio levantarse.
—Privado.
—¿Especial?
—¿Cuánto?
—Seiscientos, una hora.
El poeta la miró; pero los ojos de la hembra apuntaban con terquedad hacia el piso.
—Especial, pues –dijo el poeta.
Una vez desnudos en la bodega que hacía las veces de habitación, ella, arrodillada delante de él, comenzó a mamar con golosa afición el noble falo que tenía delante, de súbito interrumpió:
—Tengo novio, ¿sabías?
El poeta, cerrados los párpados, pujó desinteresado. Ella mamó vehemente.
—¿Qué sientes mamársela a alguien que no es tu novio? –inquirió el poeta, deleitado.
—A él no se la mamo…









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