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Surrealismo aleatorio

junio 09, 2009

De mucho escribir o la necesidad de regresar a la poesía

Me he vaciado de palabras,
me he viciado de las letras,
me he vencido de pavadas
y he quedado tan exhausto
de escribir cosas tan varias
que un momento de reposo
piden mis ya fatigadas
musas, que son las neuronas,
extraña suerte de damas,
que si bien no son hermosas
mejor que las bellas pagan
porque nunca me abandonan
y si están necesitadas
de algún verso rimbombante
por inspiración lo inflaman
en el seso y pensamiento,
y así completan la hazaña
de pedir dedicación
dedicando qué les hagan;
mas si agora es un desierto
el campo que aquéllas labran
es por lo que aconteció
luego que venturas malas
por procurarme solaz
a la mi vida llegaran:
Fortuna giró la rueda
cuando a mi favor levada
hallose y, pues, descendió
que, importando las nonadas,
en el vivir cotidiano
se tornaron en desgracias
cuantas fruslerías eran
de la más nula importancia;
no vino la muerte a mí,
que morir fuera ganancia,
ni encontré manera alguna
en que fueran perdonadas
desde mi entender cansado
las más descartables faltas;
no encontré descanso alguno
ni vine a ver aliviadas,
tras el tormento primero
de verme en pésima racha,
las muchas tristes pasiones
en que trocaron mis ansias
de holgar con mejor fortuna
días de un mejor mañana,
y así triste y pesaroso,
ida la dicha de mi alma,
sin tener más que los lemas
de la lengua castellana
al vicio de los poetas,
que no es la cerveza amarga
ni el peyote ni las putas
sino las letras nefastas,
me di en componer los versos
de las desventuras tantas
que acontecido me habían
en una sola semana,
y aunque hubiese exagerado,
que si acaso exagerara
en cuanto cuento o relato
por hipérbole pasara
lo que fuese relatado
con igualdad temeraria
al hecho que refiriese
y fueran exageradas
las formas en que, escondidas,
las hipérboles pasaran,
pero digo que no lo hice;
me diera, en escribir planas
de las muchas peripecias,
el siglo que se esperaba
para dentro de mil años,
que es calenda confirmada
sólo por la potestad
de la Providencia santa
y tanto fue mi escribir,
tantas hojas ocupadas,
tantas péndolas gasté,
tanta tinta derramada,
que al final aconteció
lo que menos se esperara:
después de tanto revés,
no vino a pasarme nada,
ni mejoró la fortuna,
ni fue la muerte llegada,
y tal fue mi frustración
que las neuronas cansadas
exigieron de reposo
la cantidad necesaria
en horas o noches, días
o cual fuese más exacta
unidad de medición
para exigencia tamaña,
no quise negarles esto
y, pues, ved la espera larga
a que me hallo sometido
por tal malaventuranza.

0 tuvieron la decencia de rayarle la madre: